Tras años marcados por escasez y problemas de calidad del combustible, el sector agropecuario encara el inicio de la cosecha con mayor certidumbre, aunque con la memoria fresca de un insumo que ha puesto en jaque la producción de alimentos

El inicio de la cosecha de verano encuentra al agro boliviano en una etapa decisiva. Las máquinas están listas para entrar a los campos, los silos se preparan para recibir granos y los caminos rurales vuelven a llenarse de camiones. En este escenario, un insumo vuelve a ser protagonista: el diésel. No como un detalle técnico, sino como el motor real de toda la cadena productiva.
Desde el sector oleaginoso y cerealero se reconoce que las recientes medidas del Gobierno apuntan a estabilizar el suministro. El gerente general de la Asociación de Productores de Oleaginosas y Trigo (Anapo), Jaime Hernández, señaló que las disposiciones adoptadas en los primeros 100 días de gestión permiten “mayor estabilidad” y garantizan la provisión de diésel, un insumo que calificó como “fundamental” para la producción de alimentos.
La afirmación no es menor. En los últimos años, la ausencia de combustible y, en otros momentos, su baja calidad, dejaron una huella profunda en el agro. Tractores detenidos en plena siembra, cosechadoras paralizadas en el momento crítico y mayores costos por el uso de combustibles alternativos marcaron varias campañas. Para muchos productores, el problema no fue solo no tener diésel, sino recibir uno que dañaba inyectores y motores, encareciendo el mantenimiento de maquinaria clave.
Hoy, con la estabilidad cambiaria mencionada por Anapo y la garantía de abastecimiento, el sector ve un escenario más previsible. “Eso nos permite tener certidumbre para efectivizar nuestras actividades productivas”, remarcó Hernández, quien también subrayó la disposición del agro a trabajar de manera coordinada con el Gobierno en una agenda que beneficie al país.

“El diésel vuelve a fluir en el campo, pero la historia reciente demuestra que sin combustible no hay cosecha ni seguridad alimentaria”


En ese marco, una de las medidas centrales es la autorización excepcional para que Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) y las refinerías puedan importar petróleo crudo, destinado a su procesamiento y posterior distribución en el mercado interno. Esta decisión está contenida en el Decreto Supremo 5548, que faculta a la estatal petrolera a firmar contratos con refinerías para asegurar el suministro.
Desde la óptica agropecuaria, esta norma no es solo un instrumento energético, sino una política productiva indirecta. Sin diésel, no hay siembra, no hay fumigación, no hay cosecha ni transporte. El grano no llega a los centros de acopio y la carne no sale de las estancias. En términos prácticos, el combustible define si una campaña será exitosa o fallida.
La memoria del sector recuerda que cada interrupción en el suministro se tradujo en pérdidas económicas y en riesgo para el abastecimiento interno. Por eso, la importancia del momento actual: la cosecha de verano concentra buena parte de los alimentos básicos del país y sostiene el ingreso de miles de familias rurales.
Aunque el discurso oficial habla de estabilidad, los productores saben que el desafío no está cerrado. Garantizar diésel no solo implica volumen, sino calidad constante y logística eficiente en las zonas productivas. El agro necesita que el combustible llegue a tiempo y funcione correctamente en sus máquinas.
Así, mientras las cosechadoras comienzan a avanzar, el diésel vuelve a ocupar su lugar estratégico: invisible para el consumidor urbano, pero decisivo para que el alimento llegue a la mesa. La experiencia reciente dejó una lección clara en el campo: sin combustible, la tierra se queda muda.

Redacción: Publiagro













