¿Sirve labrar después de décadas de siembra directa para controlar malezas? Un estudio de la FAUBA demuestra que no, y aporta evidencia para repensar el manejo desde un enfoque integral

La siembra directa (SD) es una de las tecnologías más transformadoras de la agricultura argentina, pero enfrenta un desafío creciente: la proliferación de malezas resistentes. Frente a este problema, algunos productores consideran la labranza ocasional como una posible solución. Sin embargo, un estudio reciente de la FAUBA y la Universidad de Clemson pone en duda la efectividad de esta estrategia y revela impactos más complejos de lo que se suponía.

El ensayo, realizado en un lote con más de 20 años de SD continua en Carlos Casares, evaluó cómo afecta la labranza ocasional al banco de semillas de malezas y su distribución en el suelo. Para ello se compararon tratamientos con SD continua y con dos pasadas de rastra de discos sobre tres profundidades del perfil. Los resultados mostraron que ni la riqueza ni la abundancia de malezas se modificaron significativamente por la labranza, contradiciendo la idea de que “romper” el suelo reduce la presión de infestación.

Si bien no hubo diferencias en cantidad de malezas entre sistemas, sí se observaron cambios marcados entre años y profundidades. Las capas superficiales concentraron la mayor riqueza y abundancia, incluso cuando hubo labranza, confirmando que la franja 0–5 cm sigue siendo el principal reservorio de semillas viables. Además, el análisis de composición florística mostró que la labranza redistribuye semillas hacia capas más profundas y favorece ciertas especies, sin disminuir la presencia de malezas problemáticas como yuyo colorado o capín.

Los investigadores concluyen que la labranza ocasional no reduce de manera efectiva el banco de semillas ni resuelve el problema de malezas resistentes. Por el contrario, altera la distribución y composición de especies, generando cambios que pueden complicar manejos futuros. Desde esta perspectiva, la solución no radica en interrumpir la SD, sino en fortalecer un enfoque sistémico que combine rotaciones intensificadas, prácticas preventivas y manejo integrado.

Este estudio reafirma una idea clave: proteger los suelos construidos durante décadas de siembra directa es esencial para la sustentabilidad del sistema. Las estrategias de control deben mirar más allá del corto plazo y priorizar la salud del suelo, la diversidad y el manejo anticipado de malezas difíciles.

Fuente: Noticias de Campo