Medir clima, tamaño de gotas y condiciones ambientales permite proteger los cultivos, aumentar la productividad y reducir el impacto ambiental

La aplicación de agroquímicos en los cultivos es una tarea que requiere no solo una inversión significativa de dinero, sino también un control cuidadoso para garantizar su efectividad y minimizar impactos negativos en el medio ambiente. Aspectos como el clima, el tamaño y diámetro de las gotas, y la tecnología utilizada son determinantes. Como señala Antonio Antezana, técnico de la empresa Profel, “la gota que no va al cultivo, está yendo al medio ambiente”.

Antezana explica que el momento de aplicación depende de varios factores: la biología del insecto, la plaga específica y el agroquímico o biológico utilizado. 

“Ese momento de aplicación es clave y al momento de hacerlo se tiene que medir cómo está el viento, cómo está la radiación solar para poder acomodar su tecnología a esas condiciones, el mayor factor es el climático”, señaló.

En la actualidad, la tecnología agrícola ha avanzado notablemente, incorporando incluso inteligencia artificial, lo que facilita la toma de decisiones durante la aplicación de agroquímicos. Un ejemplo de ello es el uso del indicador Delta T, que permite determinar si las condiciones ambientales son adecuadas para aplicar el producto. 

“Hoy en día con el Delta T, que es un número, nos permite saber si las condiciones son las adecuadas para usar agua en la aplicación, por ejemplo”, explica Antezana.

El especialista recomienda que los agricultores y agrónomos estén constantemente capacitados, trabajen de manera sostenible y siempre consideren los posibles impactos sobre el medio ambiente. La eficiencia en la aplicación no solo protege los cultivos, sino que también reduce la contaminación del suelo y del agua, y contribuye a la sostenibilidad del sistema productivo.

“Ese momento de aplicación es clave y al momento de hacerlo se tiene que medir cómo está el viento, cómo está la radiación solar para poder acomodar su tecnología a esas condiciones, el mayor factor es el climático”

Además, Antezana advierte sobre un desafío adicional: la productividad agrícola en Bolivia. Según datos del técnico, el rendimiento promedio en cultivos de soya es de 1.8 a 1.9 toneladas por hectárea en un millón de hectáreas, mientras que países vecinos como Brasil y Argentina, con 30 millones de hectáreas cultivadas, alcanzan un promedio de 3.5 toneladas por hectárea, prácticamente el doble. 

“Responsabilidad que cae en el desconocimiento de los agrónomos”, afirmó.

Estos números reflejan la necesidad de mejorar el conocimiento técnico y la aplicación eficiente de agroquímicos, adaptando la tecnología a las condiciones climáticas y al manejo integrado de plagas, para lograr mayores rendimientos, menor impacto ambiental y un uso más eficiente de los recursos.

La combinación de tecnología avanzada, capacitación constante y responsabilidad ambiental se perfila como la mejor estrategia para que los productores bolivianos puedan cerrar la brecha de productividad con países vecinos y asegurar una agricultura más sostenible y competitiva.

Fuente: Antonio Antezana

Redacción: Publiagro