Ingenieros agrónomos resaltan el rol de estas prácticas en la conservación de nutrientes, la sostenibilidad agrícola y la resiliencia frente al cambio climático

Foto: Archivo Publiagro
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Los cultivos de servicios se han convertido en una herramienta estratégica dentro de los sistemas productivos modernos, no por el valor comercial directo que generan, sino por los múltiples beneficios que aportan al suelo, al ambiente y a la sostenibilidad agrícola. También conocidos como cultivos de cobertura o de abono verde, cumplen funciones esenciales como la mejora de la fertilidad, el control de malezas, la reducción de la erosión, la fijación de nitrógeno y el aumento de la biodiversidad en los agroecosistemas.

A diferencia de los cultivos tradicionales destinados a la venta, los cultivos de servicios están orientados a prestar un beneficio ecosistémico. Entre los más utilizados se encuentran las leguminosas, por su capacidad de fijar nitrógeno atmosférico, y las gramíneas, que aportan biomasa y ayudan a mejorar la estructura del suelo. Esta práctica, cada vez más extendida en países de la región, busca equilibrar productividad y sostenibilidad, ofreciendo al productor una alternativa para fortalecer la resiliencia de sus campos frente a los desafíos climáticos y económicos actuales.

En palabras del ingeniero agrónomo argentino Gervasio Piñeiro, “son cultivos que vamos a sembrar para de alguna manera darle de comer a nuestros suelos, regenerarlo o fijar nitrógeno en el aire evitando el uso de fertilizantes o combatir malezas y por lo tanto usar menos herbicidas, son cultivos que no vamos a cosechar, pero que nos van a dar un beneficio ambiental y lo vamos hacer entremedio de nuestro cultivo de renta, es decir ante de la soya”.

Piñeiro señaló que Bolivia ya está trabajando de manera más eficiente en la producción con cultivos de servicio, que se aplican en la zona norte, este y ahora también en la Chiquitania, observando el impacto positivo que generan no solo en la soya, sino también en el girasol, el maíz y otros cultivos.

Aplicación en la Chiquitania

En esta región, los suelos son muy distintos a los del norte y el este: cuentan con menor nutrición, menos materia orgánica y una textura más arcillosa, lo que hace indispensable el uso de cultivos de servicio para reponer micronutrientes y “darle de comer al suelo”. Piñeiro subrayó que “la clave es cuidar el suelo desde el principio que arranca el cultivo de la soya. Los nutrientes que agregamos generalmente son inorgánicos y los cultivos de servicio lo que hacen es darle carbono, energía y materia orgánica al suelo”.

«La clave es cuidar el suelo desde el principio que arranca el cultivo de la soya. Los nutrientes que agregamos generalmente son inorgánicos y los cultivos de servicio lo que hacen es darle carbono, energía y materia orgánica al suelo”

 

Foto: Archivo Publiagro
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Materia orgánica del suelo

En los últimos 10 años, la composición de la materia orgánica del suelo ha cambiado de forma notable. Piñeiro explicó que “no es una caja negra, sino que hay dos tipos de materia orgánica distinta: una es la que se le llama la sociedad de los minerales, que es la más negra, y la otra que se llama particulada, que es de color marrón y son pedacitos de plantas. Son dos materias orgánicas que se pueden perder en los sistemas de cultivos y que para regenerar hay que tener estrategias diferentes”.

Para recuperar la materia orgánica marrón, o particulada, es necesario incorporar muchos cultivos con raíces finas y abundantes, que ayuden a regenerar este tipo de componente. En cambio, para restaurar la materia orgánica negra se requiere reponer nitrógeno, potasio, fósforo y otros nutrientes mediante cultivos que aporten raíces profundas y nitrógeno orgánico, evitando depender únicamente de fertilizantes inorgánicos. “Es la forma más recomendable de recuperar la materia orgánica del suelo”, señaló.

Además, destacó la importancia de hacer énfasis no solo en la cantidad, sino también en la calidad de comida que se le da al suelo.

Brecha de carbono

Otro de los conceptos abordados fue la brecha de carbono, una herramienta de diagnóstico que permite comparar cuánto carbono tenía el sistema de referencia —en este caso el bosque— frente a lo que conserva ahora bajo uso agrícola. Piñeiro explicó que, en promedio, a nivel mundial se registra una pérdida de entre el 30% y 40% de carbono. Sin embargo, “las que vemos acá en Bolivia son un poco más grandes, es decir, que se ha perdido más materia orgánica incluso que en otros lados del mundo, y eso se piensa que es por la falta de reposición de nutrientes y también la baja cantidad de comida que le damos al suelo al tener solo cultivos de soya que no producen tanta biomasa como otros cultivos que producen más”.

Ante esta situación, el especialista concluyó: “estamos proponiendo que además de la soya hay que agregar estos cultivos de servicios que le dan más comida al suelo logrando así disminuir esa brecha de carbono”.

Redacción: Publiagro

Foto: Archivo Publiagro
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