Las mejoras genéticas han transformado el desempeño de las hembras reproductoras en la producción porcina. Sin embargo, alcanzar su potencial productivo requiere ajustar las prácticas de manejo, especialmente durante las primeras etapas de su vida reproductiva. Este fue uno de los principales planteamientos de Matías Copello, responsable del programa genético de Topix Norfin en Argentina y en Uruguay.
durante su exposición sobre los desafíos reproductivos en cerdas hiperprolíficas, desarrollada en el seminario de Alimenta, organizado por la empresa Sofía Ltda.
El especialista explicó que las hembras modernas han experimentado cambios importantes en la última década, con una mayor capacidad productiva que obliga a revisar los procedimientos tradicionales en granja. El reto consiste en adaptar la alimentación, el manejo y el seguimiento de las futuras reproductoras para sostener su desempeño a lo largo de los ciclos productivos.
“Lo que tenemos que entender es que hoy las hembras actuales, las hembras modernas, cambiaron mucho en los últimos 10 años. Producen más y esta máxima producción trae cambios en la forma en que trabajamos en nuestras granjas”, señaló Copello.
Peso de cobertura y primera gestación: etapas clave
Entre los aspectos prioritarios, Copello destacó el peso y la edad de cobertura, parámetros que deben ajustarse a las recomendaciones de cada casa genética. El objetivo es que las futuras reproductoras lleguen al primer servicio en condiciones adecuadas y continúen su desarrollo corporal durante la primera gestación.
Según explicó, durante esta etapa las hembras deben ganar aproximadamente entre 50 y 70 kilogramos, mientras que en la primera lactancia es fundamental controlar la pérdida de peso. Como referencia, mencionó una disminución de entre el 6% y el 8% como máximo.
Este control cobra especial importancia porque las hembras jóvenes todavía están en desarrollo y deben responder simultáneamente a las exigencias de la reproducción y la producción de leche. Una pérdida excesiva de condición corporal puede comprometer su desempeño posterior y afectar la continuidad de su vida reproductiva.
El especialista también advirtió que las cerdas modernas pueden alcanzar rápidamente el peso de cobertura, incluso antes de lo previsto. Por ello, recomendó alinear el crecimiento de las futuras reproductoras con los parámetros establecidos por la genética, evitando que el peso sea el único criterio para definir el momento del primer servicio.
Indicadores para anticipar fallas reproductivas
El seguimiento de los resultados dentro de cada granja es otra herramienta fundamental para identificar oportunidades de mejora. Copello recomendó observar la presentación de celos en las unidades de futuras reproductoras y analizar la productividad de las hembras durante el primer, segundo y tercer ciclo.
La comparación entre ciclos permite detectar desviaciones y evaluar si es necesario ajustar aspectos como el peso de cobertura, la alimentación durante la primera gestación o el manejo de la primera lactancia.


“Enfoquémonos en el número, trabajemos con nuestros indicadores”, enfatizó el especialista. A su criterio, antes de comparar los resultados propios con los de otras granjas, los productores deben contar con registros internos confiables que les permitan comprender su situación y tomar decisiones fundamentadas.
Como ejemplo, mencionó que algunas granjas lograron mejorar en dos puntos el indicador de vacíos totales de un ciclo a otro. Este tipo de variaciones puede ofrecer señales sobre aspectos del manejo que necesitan revisión, siempre a partir de un análisis de los datos y de las condiciones particulares de cada unidad productiva.
Alimentación y manejo adaptados a las nuevas hembras
La alimentación constituye otro componente esencial para sostener el potencial de las cerdas hiperprolíficas. Copello recomendó implementar dietas específicas para las futuras reproductoras, de ser posible desde los 70 días de edad, además de trabajar con programas nutricionales de lactancia que respondan a sus mayores exigencias.
El desafío se intensifica en zonas donde las altas temperaturas afectan el consumo de alimento. El especialista explicó que las hembras jóvenes, debido a su menor tamaño, pueden tener una capacidad de consumo más limitada y salir de la primera lactancia con una condición corporal demasiado baja.
Esta situación puede favorecer el denominado síndrome del segundo parto, asociado a una disminución del rendimiento reproductivo entre el primer y el segundo parto, y comprometer la permanencia de las hembras en producción durante los ciclos siguientes.
Por ello, insistió en que el manejo debe contemplar las características de las nuevas líneas genéticas y las condiciones ambientales de cada granja, con especial atención a la nutrición, el crecimiento y la recuperación corporal después de la lactancia.
Más lechones destetados y mayor productividad acumulada
La aplicación coordinada de estas prácticas no solo busca mejorar los resultados del primer ciclo, sino también incrementar la cantidad de lechones producidos a lo largo de la vida útil de cada reproductora.
Para Copello, la productividad debe evaluarse con una mirada integral, considerando el desempeño de las hembras en los distintos ciclos y no únicamente los resultados inmediatos de una camada.
Su recomendación final para los productores fue trabajar con información propia, identificar los puntos críticos y priorizar las medidas que ofrezcan oportunidades concretas de mejora. En una producción porcina cada vez más exigente, el potencial de la genética necesita estar acompañado por decisiones de manejo oportunas, seguimiento constante y una alimentación acorde con las necesidades de las hembras modernas.
Redacción: Publiagro


















