Mientras Brasil lidera la oferta regional, en Bolivia la semilla de pasto se produce a pequeña escala, sin certificación y principalmente para autoconsumo

La disponibilidad de semilla forrajera se ha convertido en un factor estratégico para la productividad y sostenibilidad de la ganadería boliviana, especialmente en regiones donde la base forrajera define la carga animal, los costos de producción y la rentabilidad de los sistemas pecuarios. En este contexto, surge una pregunta central para el sector ganadero: ¿Bolivia produce actualmente su propia semilla de pasto o depende casi por completo de la importación? La respuesta revela una realidad compleja, marcada por avances puntuales, limitaciones estructurales y una fuerte dependencia externa.

Si bien existen experiencias puntuales de producción local de semilla forrajera, estas se desarrollan de forma artesanal y con alcance regional, resultando insuficientes para cubrir la creciente demanda del sector ganadero, en especial en zonas de expansión pecuaria como el oriente boliviano y el trópico. Como consecuencia, una parte significativa de las semillas utilizadas en sistemas extensivos e intensivos proviene del exterior, principalmente de Brasil, país que lidera la producción y exportación de semilla forrajera en la región.

Esta dependencia incrementa los costos de producción debido al precio del insumo, los gastos de importación y la variabilidad cambiaria, además de exponer al sector a riesgos asociados a la disponibilidad del producto, fluctuaciones de precios internacionales y, en algunos casos, a la limitada adaptación de materiales importados a las condiciones agroclimáticas locales. En un escenario de mayor exigencia productiva, la calidad de la semilla se vuelve determinante para el éxito de las pasturas.

Según el ingeniero Juan Carlos Gutiérrez, gran parte de la semilla que ingresa al país proviene de Brasil y corresponde a un sistema de cosecha específico. “La semilla que llega principalmente de Brasil es una semilla cosechada de suelo, barrida del suelo, la planta llega a un momento en que tumba toda la semilla y con una barredora, especializadas a recoger toda esa semilla del suelo para después llevarlas a proceso de selección y limpieza”.

Este método se basa en respetar el ciclo natural de la planta, permitiendo que la semilla alcance su madurez fisiológica antes de ser recolectada. “La semilla que cayó al suelo porque cumple su ciclo de madurez fisiológica de manera que está lista para nacer, lamentablemente hoy en día en Bolivia no tenemos empresas o personas que se dediquen a ese tipo de producción”, explicó el especialista, remarcando una de las principales brechas tecnológicas del país en materia de producción de semilla forrajera.

“Estamos en la localidad de Tunas, la gente muy contenta y nosotros felices de recibir a todas las colonias menonitas. Tenemos a más de 100 personas en este evento que arrancó el año pasado y ahora ya es parte de las actividades que organiza Interagro. Aquí se habla muy poco de productos, la idea es recrearnos y atenderlos”, señaló.

Foto: Unión Agronegocios

En contraste, a nivel local se utiliza mayoritariamente otro sistema de cosecha. Hoy en día se hace una cosecha de espiga, es decir, se recolecta la semilla antes de que caiga al suelo. Sin embargo, este procedimiento tiene limitaciones importantes. Al no discriminar el estado de madurez, la cosecha arrasa con semillas maduras y semimaduras, lo que genera una alta variabilidad en los tiempos de germinación una vez sembrada en campo.

“Al final esa semilla sirve, porque soy yo el que manejo la cantidad de kilos que voy a sembrar a un costo bastante económico, porque entro con una cosechadora convencional a cosechar toda la semilla que hay de la espiga y se puede determinar que la semilla cosechada de suelo es de muy buena calidad, pero la semilla cosechada de espiga es de una calidad incierta”, sostuvo Gutiérrez, dejando en evidencia que la diferencia no está solo en el método, sino en el resultado productivo a mediano plazo.

En la práctica, este tipo de semilla producida localmente se destina mayormente al autoconsumo. Normalmente se comercializa en bolsas sin certificación formal, y aunque existen casos de venta sin verificación del Instituto Nacional de Innovación Agropecuaria y Forestal (INIAF), tanto el comprador como el vendedor son conscientes del tipo de material que están negociando. “Es arriesgarse”, coinciden productores del sector, ya que una semilla de calidad incierta puede traducirse en fallas de implantación, menor cobertura del suelo y pérdidas económicas.

Este escenario evidencia un desafío estructural para la ganadería boliviana: desarrollar una industria nacional de semilla de pasto con estándares de calidad, certificación y adaptación local. En un contexto donde la eficiencia productiva es clave para la competitividad, la semilla forrajera deja de ser un insumo secundario y se consolida como un elemento estratégico para el futuro de la producción pecuaria nacional.

Fuente: Juan Carlos Gutierrez
Redacción: Publiagro