
La adopción de energías renovables, como la solar, permite a los productores reducir costos, mejorar la eficiencia y generar una economía verde con impacto positivo en el cambio climático

La transición energética avanza con fuerza en todo el mundo y Bolivia no es la excepción. Este proceso, orientado a sustituir gradualmente los combustibles fósiles por fuentes más limpias, eficientes y renovables, empieza a generar efectos directos e indirectos sobre la economía agropecuaria nacional.
Para un sector que depende del diésel para labores de siembra, cosecha, riego, transporte y procesamiento, los cambios en el modelo energético no solo representan un desafío, sino también una oportunidad para modernizar procesos, reducir costos a largo plazo y mejorar la competitividad. Sin embargo, el ritmo de implementación, las inversiones requeridas y la disponibilidad de tecnologías adecuadas determinarán si esta transición se convierte en un motor de desarrollo o en un obstáculo adicional para los productores rurales.
Roberto Carlos Cabrera, asesor en gestión agropecuaria, señala que el tema de la crisis energética “ya es una realidad por todo lo que estamos viviendo en Bolivia en el tema de carburantes y su impacto en la cadena productiva”.
Frente a esta situación, Cabrera resalta que los productores pueden generar un nuevo espacio de rentabilidad y eficiencia mediante la integración de energías renovables en sus sistemas productivos. “La idea ahora es que el productor agropecuario pueda generar un espacio de rentabilidad y eficiencia a través de la conversión de su materia energética, una energía que es producida por combustibles fósiles, transformándola en energía renovable con lo que son los sistemas fotovoltaicos”.
“La idea ahora es que el productor agropecuario pueda generar un espacio de rentabilidad y eficiencia a través de la conversión de su materia energética, una energía que es producida por combustibles fósiles, transformándola en energía renovable con lo que son los sistemas fotovoltaicos”

El especialista explica que el efecto multiplicador de la energía solar es amplio y va más allá de lo técnico o lo económico. “Por ser una energía renovable, a diferencia de la fósil que es de productos no renovables, es una energía que tiene sus incidencias positivas en lo que es el cambio climático, al no generar CO2 y todo lo que tiene que ver con monóxido de carbono, porque no usa carburante; al mismo tiempo tiene una cero emisión de CO2 a la atmósfera”. Esto representa una ventaja estratégica para los productores, quienes además de reducir costos energéticos, contribuyen activamente a la mitigación de los efectos del cambio climático.
Cabrera también resalta la posibilidad de que los productores integren los bonos de carbono dentro de su sistema de producción.
“En este sentido, los productores pueden integrar a su sistema de producción los bonos de carbono porque, como no hay emisión por la quema de combustibles fósiles en energía eléctrica, directamente pueden equilibrar si están emitiendo CO2 a la atmósfera y tienen un balance negativo.
A través de un sistema fotovoltaico pueden generar una economía verde que les permite tener en equilibrio sus emisiones de carbono”. Este enfoque abre la puerta a un modelo productivo más sostenible y competitivo, en el que la energía renovable y la eficiencia económica van de la mano.
En otros países, las propiedades y empresas que se dedican a la generación distribuida con paneles solares ya cuentan con incentivos financieros, bonos verdes y programas de apoyo gubernamental. Esto permite que los productos que llegan al consumidor final puedan llevar el sello de carbono neutro, lo que no sólo agrega valor comercial, sino que también promueve la transición hacia una economía más limpia y sostenible.

Fuente: Publiagro













