
Roberto Osinaga describe cómo actúa esta planta, su toxicidad oculta y el perjuicio silencioso que causa en potreros benianos



Durante el día de campo celebrado en la Propiedad Loma de Ovando, el técnico Roberto Osinaga ofreció a los productores una detallada explicación sobre el tararaqui, una maleza que se extiende con fuerza en los potreros del Beni y que representa un desafío creciente para la ganadería local.
Qué es y cómo se propaga
Según Osinaga, el tararaqui —nombrado científicamente como Ipomoea fistulosa en la zona— es una maleza arbustiva que puede alcanzar los 3 metros de altura. Sus tallos son huecos, característica que le confiere flexibilidad y resistencia. Su reproducción es doble: por semillas que germinan en ambientes favorables, y por estolones o fragmentos de gajo, lo que le permite regenerarse aun cuando partes del arbusto sean cortadas o manipuladas.
Osinaga explicó que el tararaqui se origina frecuentemente en bordes de aguadas, ríos, humedales o zonas bajas inundables. Con el tiempo, sus semillas o gajos son arrastrados por inundaciones, animales o labores mecánicas, colonizando potreros. Esa migración natural explica por qué muchos campos parecen “invadidos” sin intervención directa.
Él comentó con preocupación que “cada vez lo vemos más —si no es segunda, es tercera maleza más frecuente en el Beni—, aunque en principio no debería estar en potreros puros”.
Toxicidad oculta y efectos en animales
Uno de los aspectos más inquietantes que destacó Osinaga es la toxicidad del tararaqui, que está poco visibilizada entre los productores, pero de alta relevancia:
- Según él, la planta posee tres compuestos tóxicos que pueden inducir adicción al consumo de la maleza, así como trastornos digestivos (problemas gastrointestinales) y neurológicos (alteraciones en coordinación o funciones motoras).
- Estos problemas tienden a aparecer con más gravedad en animales jóvenes, que tienen menor tolerancia ante toxinas.
- En muchas ocasiones, los efectos se confunden con enfermedades comunes como rabia o parasitosis, pues los ganaderos no asocian fácilmente los síntomas con una maleza.
Osinaga también advirtió que en la propiedad se identificaron otras malezas tóxicas coexistentes, tales como leche-leche (causante del síndrome “enteca seco”, que inmoviliza miembros posteriores) y mamurí, que si bien menos agresiva, también representa un riesgo toxicológico y competidor del forraje.
Impacto productivo
El tararaqui no solo enferma animales: su avance compromete directamente la productividad ganadera. Algunos de sus daños clave son:
- Desplazamiento de pasturas útiles, reduciendo la cobertura forrajera.
- Reducción de la carga animal viable por hectárea.
- Aumento en costos de control (aplicación de herbicidas, desbroce, monitoreo).
- Pérdidas ocultas: animales que consumen la maleza pueden tener menor conversión alimenticia o daños internos progresivos que se traducen en pérdida de peso o mortalidades leves.

“El “tararaqui” (o Ipomoea fistulosa) crece hasta 3 m, se reproduce por semillas y estolones, es tóxico para bovinos y desplaza forraje valioso; con control estratégico puede mitigarse su impacto en el Beni”

Control y recomendaciones
Osinaga y los técnicos del día de campo propusieron un enfoque de control estratégico, que combine:
- Diagnóstico temprano: identificar los focos primarios en bordes de aguadas o vías de agua.
- Control mecánico inicial: cortar manualmente los arbustos emergentes para evitar dispersión.
- Control químico selectivo: aplicar herbicidas como Prado Xtra o Magnitud en los momentos adecuados para reducir la población remanente.
- Uso de equipo adecuado: utilizar mochilas pecuarias como la de 600 L mostrada, que puede llegar a zonas difíciles, permitir ajustes precisos y evitar desperdicio.
- Mantenimiento continuo: monitorear cada año y aplicar controles complementarios para evitar resurgencias.

Redacción: Publiagro













