martes, octubre 20, 2026
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La pitahaya abre nuevas oportunidades para los productores de Santa Cruz

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Agro Vidas mostró una alternativa en cultivo con la Pitahaya/ Foto: Publiagro
Agro Vidas mostró una alternativa en cultivo con la Pitahaya/ Foto: Publiagro

APPIBOL busca ampliar el consumo de esta fruta, promover su industrialización y fortalecer su potencial comercial, a partir de experiencias productivas que reportaron rendimientos de hasta 20 toneladas en 6.000 metros cuadrados

El cultivo de pitahaya comenzó a despertar mayor interés entre productores y visitantes de Agro Vidas 2026, donde la Asociación de Productores de Pitahaya de Bolivia (APPIBOL) presentó las características de esta fruta exótica, sus variedades y las posibilidades de aprovechamiento comercial mediante la venta en fresco y la elaboración de productos con valor agregado.
Daniel Hong, productor de pitahaya y miembro de APPIBOL, explicó que la presencia de este cultivo en la feria permitió acercar la fruta a personas que todavía no la conocían o no habían tenido la oportunidad de probarla. El interés también se extendió hacia la comercialización y la industrialización, dos áreas que la asociación consideró importantes para ampliar el mercado y generar nuevas oportunidades para los productores bolivianos.
La propuesta de los productores no se limitó a mostrar la fruta fresca, sino que incluyó alternativas para diversificar su consumo. Entre los productos presentados estuvieron la cerveza de pitahaya, identificada como uno de los productos destacados, además de helados y jugos elaborados a partir de esta fruta.
Estas opciones permitieron mostrar que la pitahaya podía incorporarse a diferentes procesos de transformación y abrir oportunidades para el desarrollo de productos diferenciados. Para el sector, la industrialización representaba una alternativa para ampliar los canales de comercialización, llegar a nuevos consumidores y aprovechar la producción más allá de la venta directa de fruta.
Tres colores y diferentes alternativas de consumo
Hong explicó que los productores trabajaban con pitahayas de pulpa blanca y roja, además de variedades de cáscara amarilla. Las diferencias de color, apariencia y características organolépticas permitían ofrecer distintas opciones a los consumidores, de acuerdo con sus preferencias.
La pitahaya, conocida también como fruta del dragón, pertenece a un grupo de cactus trepadores del género Selenicereus. A diferencia de los frutales convencionales, estas plantas presentan tallos carnosos que realizan fotosíntesis y necesitan estructuras de soporte para crecer y sostener la producción.
Las variedades de pulpa blanca y roja suelen presentar una cáscara rosada o rojiza, mientras que las pitahayas amarillas se distinguen por su cubierta amarilla y, en las variedades comerciales más conocidas, por su pulpa blanca. No obstante, las características específicas dependen de la variedad cultivada.
Además de su atractivo visual, la fruta se caracteriza por su contenido de agua, fibra alimentaria y compuestos antioxidantes. Su sabor puede variar entre variedades y estados de maduración, desde perfiles más suaves hasta otros más dulces, características que influyen en la aceptación del producto y en las posibilidades de procesamiento.
La diversidad varietal también puede favorecer la diferenciación comercial, siempre que los productores identifiquen correctamente los materiales que manejan y evalúen su adaptación a las condiciones agroclimáticas de cada región.
Un cultivo adaptable al trópico y al subtrópico
Respecto a las zonas donde podía establecerse la pitahaya, Hong indicó que el cultivo se desarrollaba desde áreas tropicales hasta sectores subtropicales, incluidos ambientes del valle cruceño y zonas como Concepción, siempre que los terrenos ofrecieran condiciones adecuadas de drenaje y no estuvieran expuestos a heladas.
El productor remarcó que la planta no toleraba el encharcamiento prolongado ni las temperaturas de congelación, por lo que la elección del terreno constituía uno de los primeros aspectos que debían considerar quienes deseaban ingresar a esta actividad.
Desde el punto de vista agronómico, la pitahaya requiere suelos bien drenados, disponibilidad de agua para sostener el crecimiento y condiciones climáticas que permitan la floración y el desarrollo de los frutos. Aunque presenta características de resistencia a periodos de menor disponibilidad hídrica, eso no significa que pueda producir de manera óptima sin agua o bajo cualquier condición ambiental.
El exceso de humedad en el suelo puede favorecer problemas radiculares, mientras que la humedad ambiental elevada puede incrementar la incidencia de enfermedades, especialmente cuando existe poca ventilación en la plantación. Por esta razón, la selección del terreno, el distanciamiento entre plantas y el manejo de la copa adquieren especial importancia en zonas húmedas como Santa Cruz.
La utilización de soportes también forma parte de la instalación del cultivo. Debido a su crecimiento trepador, las plantas suelen conducirse sobre postes y estructuras que facilitan el desarrollo de los tallos, la floración, la cosecha y las labores de mantenimiento.
La poda y el manejo sanitario, fundamentales para la producción
Hong explicó que, en las condiciones de Santa Cruz, el manejo de la humedad y las podas constituían algunas de las principales labores para mantener la plantación y alcanzar buenos rendimientos.
Entre las prácticas mencionadas se encontraban la poda de formación, la poda de crecimiento y la poda de fructificación. Cada una cumplía una función específica dentro del desarrollo del cultivo.
La poda de formación permite orientar los tallos hacia la estructura de soporte y establecer una arquitectura adecuada para la planta. La poda de crecimiento ayuda a controlar el exceso de vegetación y favorece la ventilación, mientras que la poda de fructificación contribuye a ordenar los tallos productivos y facilitar las labores de cosecha.
Un manejo adecuado de estas prácticas también permite reducir la acumulación de material vegetal, mejorar la entrada de luz y facilitar la identificación de tallos dañados o con síntomas de enfermedades. Sin embargo, la intensidad y frecuencia de las podas deben ajustarse a la variedad, la edad de la plantación y las condiciones del ambiente.
La fertilización, el riego y el control sanitario también forman parte del manejo técnico. La aplicación de nutrientes debe responder a las necesidades del cultivo y, de ser posible, apoyarse en análisis de suelo. Asimismo, el riego debe evitar tanto el déficit de agua durante las etapas de crecimiento y llenado del fruto como el exceso de humedad en la zona radicular.
En materia fitosanitaria, la vigilancia periódica permite detectar oportunamente daños en los tallos, pudriciones y otros problemas que pueden afectar la calidad de la fruta. La prevención adquiere mayor relevancia en ambientes húmedos, donde el manejo de la ventilación y el drenaje ayuda a disminuir las condiciones favorables para el desarrollo de enfermedades.

“Con seis mil metros cuadrados logré sacar 20 toneladas”

Se mostraron las diferentes variedades de pitahaya/ Foto: Publiagro
Se mostraron las diferentes variedades de pitahaya/ Foto: Publiagro

Una hectárea podía manejarse con una o dos personas durante la cosecha
Uno de los aspectos que despertó interés entre los visitantes fue la cantidad de mano de obra necesaria para atender una plantación. Consultado sobre este punto, Hong explicó que una hectárea podía manejarse con una o dos personas durante la cosecha, de acuerdo con su experiencia productiva.
Esta característica fue presentada como una ventaja para quienes evaluaban incorporar la pitahaya a sus sistemas agrícolas. Sin embargo, los requerimientos de personal podían variar según la edad de las plantas, el sistema de conducción, la densidad de siembra, el volumen de fruta y la frecuencia de las cosechas.
La recolección debía realizarse considerando el grado de madurez y las condiciones de comercialización. Una cosecha oportuna, junto con una manipulación cuidadosa, resulta importante para reducir los daños físicos y conservar la calidad del producto durante el transporte y la distribución.
En una actividad orientada a mercados diferenciados, la clasificación por tamaño, color, estado de maduración y ausencia de daños también puede contribuir a mejorar la presentación de la fruta y responder a las exigencias de los compradores.
Seis mil metros cuadrados produjeron 20 toneladas en un año
Al referirse al potencial económico del cultivo, Hong compartió su experiencia como productor y señaló que durante el año anterior había obtenido 20 toneladas de pitahaya en una superficie de 6.000 metros cuadrados.
“Con seis mil metros cuadrados logré sacar 20 toneladas”, explicó, al destacar los resultados alcanzados en su plantación.
Ese volumen equivalió a un rendimiento aproximado de 33,3 toneladas por hectárea, si se extrapolaba proporcionalmente la producción a una superficie de 10.000 metros cuadrados. Se trató de un resultado correspondiente a su experiencia particular y no de un rendimiento promedio que pudiera atribuirse a todas las plantaciones de pitahaya de Santa Cruz.
El productor también mencionó ingresos por ventas que describió como mil millones de bolivianos. Sin embargo, la cifra requeriría una aclaración adicional sobre el monto y la moneda para establecer con precisión el valor económico de la producción reportada.
En cualquier caso, su testimonio puso de relieve la importancia de evaluar la rentabilidad del cultivo a partir de variables como el rendimiento por hectárea, los precios de venta, los costos de instalación, la mano de obra, los insumos, el transporte y las pérdidas posteriores a la cosecha.
El resultado económico también puede cambiar según la variedad producida, la época de comercialización, la calidad de la fruta y el destino de la cosecha. La venta directa al consumidor, el abastecimiento a comercios y restaurantes y la transformación industrial pueden presentar diferentes estructuras de costos y precios.
Una inversión inicial con potencial de producción a largo plazo
Hong explicó que la inversión más importante se concentraba en la instalación de la plantación, debido a la necesidad de preparar el terreno, establecer las estructuras de soporte y plantar el material vegetal. Posteriormente, el cultivo requería labores de mantenimiento y cosecha.
Según su experiencia, una plantación bien manejada podía mantenerse productiva durante aproximadamente 25 años, aunque esa duración dependía de la variedad, las condiciones ambientales, el estado sanitario y las prácticas de manejo.
La posibilidad de aprovechar una plantación durante un periodo prolongado constituía un aspecto importante al evaluar la inversión. No obstante, la recuperación del capital inicial dependía del tiempo necesario para que las plantas alcanzaran una producción comercial, de los rendimientos obtenidos y de la estabilidad del mercado.
Por ello, el establecimiento de nuevas superficies requiere una planificación que contemple la disponibilidad de compradores, la logística de transporte, la infraestructura de poscosecha y la capacidad de comercializar la fruta de manera continua.
APPIBOL buscaba ampliar la producción y abrir mercados
La Asociación de Productores de Pitahaya de Bolivia, identificada como APPIBOL, estaba conformada por alrededor de 18 a 20 productores, según los datos proporcionados por Hong. La organización contaba con personería jurídica otorgada por la Gobernación de Santa Cruz y trabajaba para promover el cultivo, incentivar el consumo y ampliar las oportunidades de comercialización.
El objetivo de la asociación no se limitaba a incrementar el número de productores, sino que también contemplaba el desarrollo de mercados para la fruta fresca y la posibilidad de avanzar hacia la exportación y la industrialización.
Para alcanzar esos propósitos, el sector necesitaba fortalecer aspectos como la identificación de variedades, la uniformidad de la producción, el manejo poscosecha, la clasificación de la fruta y la continuidad del abastecimiento. Estos factores resultaban importantes para responder a las exigencias de compradores nacionales e internacionales.
La incorporación de productos procesados, como jugos, helados y cerveza de pitahaya, también mostró una vía para diversificar la oferta. Sin embargo, el crecimiento de esta industria requería desarrollar procesos estandarizados, cumplir las normas sanitarias correspondientes y evaluar la aceptación comercial de cada producto.
La promoción del consumo interno constituía otro de los objetivos de APPIBOL, especialmente porque una parte de la población todavía desconocía la fruta y sus posibilidades culinarias.
Con su participación en Agro Vidas 2026, los productores buscaron acercar la pitahaya a nuevos consumidores y mostrar las alternativas que ofrecía este cultivo para la agricultura boliviana. La experiencia compartida por Hong reflejó el interés por desarrollar una actividad que combinara producción agrícola, diferenciación varietal y transformación de alimentos.
El desafío para el sector consistía en convertir ese interés en un mercado sostenido, acompañado de asistencia técnica, planificación productiva y canales de comercialización que permitieran aprovechar el potencial de la pitahaya en Santa Cruz y otras regiones del país.

Fuente: Daniel Hong

Redacción: Publiagro