En medio de los valles cruceños, la chirimoya se abre paso como una alternativa productiva que, aunque aún no recibe la atención suficiente, demuestra un potencial importante para la diversificación agrícola y el desarrollo de nuevas oportunidades para los productores locales.
“¿Quién dice que no da la chirimoya? Sí da, es un producto muy bueno, una excelente alternativa, solo que no le damos la importancia que merece”, afirma con convicción David Zeballos, productor y viverista de la zona de Mairana, quien desde hace años trabaja en la adaptación y difusión de este frutal en el área.
En su parcela demostrativa, Zeballos impulsa la producción de distintas variedades de chirimoya, con el objetivo de evidenciar su adaptación al clima de los valles y motivar a otros agricultores a apostar por este cultivo. Allí se pueden observar plantas en desarrollo y en producción, que sirven como referencia para productores interesados en diversificar sus sistemas agrícolas.
El productor explica que la variedad más destacada en su vivero es la denominada “timoya”, un híbrido que ha mostrado buen comportamiento en zonas cálidas y subtropicales, así como otras variedades como la chirimoya impresa y lisa, que se adaptan mejor a condiciones más frescas.
“Tenemos esta variedad desde hace 29 años. La gente no le ha dado importancia, pero quienes ya han sembrado están cosechando. En zonas como Saipina y Comarapa ya están produciendo y comercializando frutos de gran tamaño”, señaló.

De acuerdo con su experiencia, los frutos pueden alcanzar entre 500 gramos y hasta más de un kilogramo, dependiendo del manejo del cultivo, lo que convierte a la chirimoya en una opción con alto valor comercial dentro del mercado frutícola regional.
Zeballos destaca además que las plantas injertadas pueden comenzar a producir en aproximadamente dos años, lo que representa una ventaja frente a otros frutales de mayor periodo de espera. Esta característica, sumada a su adaptabilidad, abre la posibilidad de ampliar su producción en distintas zonas de los valles.
En su vivero también se producen otras especies frutales como caqui variedad fuyu, guayaba, durazno, pitanga y acerola, entre otras, con disponibilidad de plantines según la demanda de los productores. Parte de esta producción ya ha sido enviada a regiones como Tarija, Sucre y La Paz, donde el material vegetal ha comenzado a incorporarse en nuevos sistemas productivos.
“Se ha llevado chirimoya y otros frutales a diferentes regiones. La planta se adapta bien y responde en distintos climas de valle”, explicó.
A pesar de los avances, el productor considera que el principal desafío sigue siendo la falta de expansión del cultivo y la limitada disponibilidad de terreno para ampliar la producción. Según señala, con mayores condiciones podría consolidarse una producción más organizada y de mayor escala en la región.
Actualmente, el precio del fruto en el mercado alcanza aproximadamente los 20 bolivianos por kilo, lo que representa un incentivo para quienes buscan alternativas agrícolas con valor agregado.
Más allá de las cifras y la técnica, en Mairana la chirimoya se convierte también en una apuesta por recuperar la confianza en cultivos menos tradicionales, pero con potencial para transformar la economía local. En cada planta injertada y en cada fruto que comienza a desarrollarse, se refleja el esfuerzo silencioso de productores que buscan abrir camino a nuevas oportunidades desde la tierra.
Fuente: David Zeballos, Red Valles Radio y Tv
Redacción: Publiagro




















