Millonarias plantas estatales permanecen abandonadas en Tarija, sin producción ni mercado, mientras los productores enfrentan pérdidas y desconfianza en los proyectos públicos

La industrialización prometida para el municipio de San Lorenzo, en Tarija, se ha convertido en un símbolo de obras inconclusas y de inversiones sin retorno. Tres fábricas estatales —una extractora de aceite esencial de manzanilla, una procesadora de alimentos balanceados y una planta de agroinsumos— permanecen paralizadas, pese a haber demandado más de 64 millones de bolivianos en recursos públicos. Años después de su inauguración, ninguna de ellas genera producción sostenida, empleo ni impacto real en la economía local.

Estas plantas fueron presentadas como el motor de un nuevo modelo productivo regional, orientado a dar valor agregado a cultivos como la manzanilla y a fortalecer la cadena agropecuaria. Sin embargo, la falta de planificación integral terminó por evidenciarse rápidamente. Uno de los principales problemas fue la ausencia de estudios de mercado sólidos. En el caso del aceite esencial de manzanilla, su demanda nacional es limitada y se enfrenta a una competencia constante de productos importados, muchos de ellos ingresados por contrabando desde países vecinos. Esto hace que el producto local no pueda competir en precio ni asegurar volúmenes de venta estables.

La planta de manzanilla también fue diseñada para procesar especies aromáticas como eucalipto, romero y cedrón, insumos utilizados en la industria cosmética y farmacéutica. Sin embargo, en Bolivia ese sector industrial es reducido y no absorbe volúmenes importantes de materia prima, lo que deja a la planta sin un mercado claro. Así, una infraestructura pensada para diversificar la producción terminó siendo una fábrica sin clientes.

La situación no es distinta en la Planta Procesadora de Alimentos Balanceados y en la de Agroinsumos. Ambas fueron concebidas para abastecer al sector pecuario y agrícola de la región, reduciendo costos y dependencia externa. No obstante, los elevados costos operativos, la falta de capital de trabajo para comprar insumos y la ausencia de una red comercial consolidada impidieron que entren en funcionamiento pleno. Hoy, sus galpones y equipos permanecen cerrados, deteriorándose con el tiempo.

“Infraestructuras creadas para impulsar la industrialización agrícola hoy evidencian abandono, falta de mercado y escasa viabilidad económica, dejando pérdidas millonarias y frustración en el sector productivo”

El anterior gobierno realizo capacitaciones pero asi no abrió ninguna fabrica / Foto: Internet
El anterior gobierno realizo capacitaciones pero asi no abrió ninguna fabrica / Foto: Internet

A este escenario se suma el bajo desempeño de la Planta Procesadora de Lácteos de San Lorenzo, que apenas alcanzaría un 30% de su capacidad instalada. Productores lecheros dejaron de entregar su producción debido a retrasos en los pagos y dificultades para comercializar los derivados. El resultado fue acumulación de stock, quiebre de confianza y ruptura de la relación entre industria y productores, un golpe directo al tejido productivo local.

Desde la administración municipal se reconoce que no existen recursos suficientes para reactivar estas factorías. La falta de presupuesto para adquirir materia prima y cubrir costos operativos impide ponerlas en marcha, aun cuando parte del equipamiento y del personal fue capacitado. El traspaso de dos de estas plantas al municipio no resolvió el problema de fondo: la inviabilidad económica del modelo con el que fueron diseñadas.

Más allá de la coyuntura local, este caso expone una falla estructural en la forma en que se impulsaron proyectos industriales en el área rural. Expertos en desarrollo productivo coinciden en que una planta no puede sostenerse solo con infraestructura; requiere mercado asegurado, integración con productores, logística, financiamiento y políticas claras contra el contrabando. Cuando uno de estos elementos falla, el proyecto pierde viabilidad.

Mientras tanto, los productores continúan vendiendo su manzanilla y otros cultivos a empresas privadas o intermediarios, manteniendo viva la actividad agrícola pese a la ausencia del apoyo industrial prometido. La calidad del producto tarijeño sigue siendo reconocida, pero la oportunidad de transformar esa producción en valor agregado local se diluye con cada mes de inactividad de las fábricas.

El caso de San Lorenzo deja una lección incómoda: sin planificación técnica, estudios de mercado y sostenibilidad financiera, la industrialización se convierte en cemento sin futuro. Hoy, las plantas paralizadas no solo representan pérdidas económicas, sino también una oportunidad desperdiciada para convertir a Tarija en un polo agroindustrial real. En lugar de motores de desarrollo, estas fábricas se han transformado en monumentos al abandono productivo.

Redacción: Publiagro