
Una gestión integral que considera las condiciones del suelo, las demandas del cultivo y los factores climáticos permite mejorar el rendimiento y minimizar pérdidas de nutrientes


La eficiencia de la fertilización en los sistemas agrícolas no depende únicamente de la cantidad o tipo de nutriente aplicado, sino del entendimiento integral de la interacción entre el suelo, la planta y el ambiente. Este complejo sistema dinámico determina no solo la disponibilidad de nutrientes, sino también la capacidad de absorción por parte de las plantas y la sostenibilidad del agroecosistema. Un manejo adecuado que considere las características físico-químicas del suelo, las necesidades nutricionales específicas del cultivo y las condiciones ambientales —como la temperatura, la humedad, la precipitación y la radiación solar— permite optimizar los insumos, mejorar el rendimiento y reducir los impactos negativos sobre el entorno.
En este sentido, Javier Bonilla, gerente técnico de Greenfield, destaca la importancia de conocer en profundidad el suelo donde se produce, por ejemplo, trigo.
«Es muy importante conocer el suelo en el que se está produciendo el trigo, como ser los componentes químicos, físicos y a la vez biológicos, la interacción o el impacto que tienen los fertilizantes en el suelo», señala. Esta comprensión permite tomar decisiones técnicas más acertadas respecto a la selección de fertilizantes y su modo de aplicación.
Bonilla advierte que “muchas veces podemos utilizar fertilizantes pero nunca se logra extraer el máximo de ese fertilizante; por tanto, existen factores que pueden quitarnos parte de esa tecnología que se aplica”. Es decir, aunque se apliquen insumos adecuados, diversos factores del sistema suelo-planta-ambiente pueden limitar la eficiencia con la que los cultivos aprovechan esos nutrientes.

“Es muy importante conocer el suelo en el que se está produciendo el trigo, como ser los componentes químicos, físicos y a la vez biológicos, la interacción o el impacto que tienen los fertilizantes en el suelo»


En términos de aplicación, se debe considerar especialmente el comportamiento de ciertos nutrientes. Por ejemplo, el fósforo tiende a fijarse con facilidad en el suelo, lo que reduce su disponibilidad para las plantas. Además, existe una interacción conocida entre fósforo y zinc, donde el exceso de uno puede afectar la absorción del otro. Asimismo, nutrientes como los nitratos o el boro pueden perderse por lixiviación, mientras que el nitrógeno puede volatilizarse si no se aplican prácticas adecuadas. Estas pérdidas no solo disminuyen la eficiencia de la fertilización, sino que también pueden tener impactos negativos sobre el medio ambiente.
En el caso específico del cultivo de trigo, para alcanzar altos rendimientos se requiere, de manera esencial, la aplicación de nitrógeno, fósforo y, en menor medida, potasio y azufre. Sin embargo, no se trata simplemente de aplicar estos nutrientes en cualquier cantidad, sino de definir correctamente cuánto aplicar.
Ante la pregunta de cómo lograr determinar una cantidad óptima de fertilizante para evitar la sobrefertilización y minimizar el impacto ambiental, Bonilla propone una evaluación basada en datos históricos del lote.
“Una de las cosas es mirar el histórico del lote de acuerdo a las campañas. Supongamos que el productor viene cosechando de 2 a 3 toneladas y hay momentos en el que llega a cosechar cuatro toneladas, entonces el factor determinante ahí es el clima”, explica. Por ello, recomienda realizar un manejo planificado: “antes de iniciar una productividad o planes de fertilización, pensar cuánto queremos producir y en base a eso ver cuánto me da el suelo y cuánto necesito colocarle a la planta para producir las 3 o 4 toneladas que se planifique”.
Esta estrategia permite realizar una fertilización “mucho más racional, más eficiente y así conseguir mayor productividad”.
Finalmente, Bonilla destaca también las prácticas de manejo del suelo como herramientas complementarias para mejorar la eficiencia de la fertilización. En la actualidad, se discute ampliamente el uso de mezclas de cultivos de cobertura que, además de contribuir a la descompactación del suelo, aportan nutrientes de forma eficiente. Asimismo, la incorporación de microorganismos benéficos como las micorrizas, que son solubilizadoras de fósforo —un nutriente que tiende a fijarse rápidamente—, resulta fundamental.
“Las micorrizas ayudan mucho a disponibilizar este nutriente”, afirma. Además, las coberturas vegetales también cumplen una función protectora frente a la volatilización y lixiviación de algunos nutrientes, promoviendo una mayor estabilidad del sistema productivo.
En conclusión, una fertilización eficaz se alcanza no solo mediante el uso de fertilizantes, sino entendiendo y gestionando la compleja interacción entre el suelo, la planta y el ambiente. Solo así es posible avanzar hacia una agricultura más eficiente, productiva y sostenible.
Fuente: Javier Bonilla
Redacción: Publiagro













