
La alta humedad y los tejidos dañados favorecen su propagación, mientras crece el uso de estrategias biológicas para reducir el impacto

El moho gris, provocado por el hongo Botrytis cinerea, se posiciona entre las enfermedades de mayor impacto económico en la agricultura. Su capacidad para afectar cultivos en crecimiento y frutos ya cosechados, así como su persistencia en condiciones adversas y rápida propagación en ambientes favorables, lo convierten en uno de los principales desafíos sanitarios para productores de diversos rubros.
La enfermedad incide especialmente en hortalizas —con mayor presencia en sistemas bajo invernadero—, fresas, uvas, frutas de pepita y hueso, e incluso plantas ornamentales. Factores como alta humedad relativa, temperaturas templadas, condensación y presencia de tejidos dañados crean el escenario ideal para su desarrollo, generando pérdidas significativas en campo y durante el almacenamiento.
Un patógeno versátil y resistente
El hongo suele atacar flores y frutos, aunque también puede provocar podredumbre y tizón en brotes, tallos, hojas, raíces, bulbos y tubérculos. Generalmente invade tejidos frágiles, heridos o envejecidos. Su capacidad de sobrevivir a temperaturas cercanas al punto de congelación lo convierte en una amenaza incluso en cámaras frigoríficas.
El ciclo de infección comienza cuando el patógeno obtiene nutrientes de tejido vegetal muerto o dañado, como pétalos envejecidos. Desde allí, la infección se expande hacia tejidos sanos, generando una podredumbre parduzca característica. Las esporas pueden dispersarse por viento, insectos o salpicaduras de lluvia, facilitando nuevas infecciones en campo.
Además, el hongo forma esclerocios —estructuras de resistencia con reservas nutritivas— que pueden permanecer latentes en el suelo durante meses o incluso años, a la espera de condiciones favorables para reactivar el ciclo.

“El uso preventivo de bioinsumos microbianos cobra relevancia. Estos compiten con el patógeno por espacio y nutrientes, producen metabolitos que inhiben su desarrollo, inducen defensas en la planta y fortalecen el cultivo frente a futuras infecciones”


Síntomas y propagación
El síntoma más visible es una cubierta grisácea y difusa sobre flores envejecidas y frutos maduros. En etapas iniciales aparecen manchas circulares gris parduzcas que luego se expanden. En condiciones de alta humedad, la enfermedad avanza rápidamente, ocasionando podredumbre blanda en frutos como fresas y uvas, y deterioro en bulbos y cormos.
Cuando las partes infectadas son manipuladas, liberan nubes de esporas que facilitan la diseminación del patógeno.
Manejo integrado y enfoque preventivo
Aunque existen numerosos fungicidas para su control, su eficacia puede ser limitada y su uso intensivo genera impactos ambientales. Por ello, especialistas destacan la importancia de un manejo integrado que combine tecnología, prácticas culturales y soluciones biológicas.
La teledetección avanzada permite identificar de manera temprana zonas potencialmente afectadas, facilitando intervenciones oportunas y reduciendo la aplicación indiscriminada de químicos.
Entre las prácticas recomendadas se encuentran:
- Mantener adecuada ventilación y espaciamiento entre plantas.
- Regar en horas de la mañana y priorizar sistemas de goteo.
- Retirar restos vegetales en descomposición.
- Evitar heridas durante trasplantes y podas.
- Limpiar los campos al finalizar la campaña, especialmente tras brotes severos.
Asimismo, el uso preventivo de bioinsumos microbianos cobra relevancia. Estos compiten con el patógeno por espacio y nutrientes, producen metabolitos que inhiben su desarrollo, inducen defensas en la planta y fortalecen el cultivo frente a futuras infecciones.
Especialistas coinciden en que el futuro del manejo fitosanitario se orienta hacia sistemas integrados, preventivos y biológicos, donde la tecnología y las buenas prácticas agronómicas juegan un papel central para reducir pérdidas y avanzar hacia una producción más sostenible.

Redacción: Publiagro















