
Ingenieros y productores del Beni impulsan un sistema de datos hidrológicos para anticipar inundaciones y reducir pérdidas en el campo
En el Beni, donde el agua es tan vital como peligrosa, la relación entre los ríos y la producción agropecuaria es directa. Cada año, miles de hectáreas de pasturas y cultivos quedan bajo el agua, obligando a los productores a evacuar ganado, perder infraestructura y asumir millonarias pérdidas económicas. Para cambiar esa historia repetida, la Sociedad de Ingenieros del Beni, en coordinación con Fegabeni, impulsa un proyecto que busca algo aparentemente simple, pero estratégico: medir de forma sistemática el nivel de los ríos.
“El objetivo es empezar a registrar datos de los niveles de los ríos en diferentes puntos del departamento para conocer su comportamiento y poder anticiparnos”, explica Iñaki Echevarría, presidente de la Sociedad de Ingenieros del Beni. La iniciativa no apunta a predecir lluvias, sino a interpretar lo que ya ocurrió aguas arriba. “El nivel del río nos dice cuánta agua está pasando; si sabemos eso, podemos estimar cuánto llegará más abajo”, sostiene.
La lógica es técnica pero aplicable al campo: si se mide el nivel diario en puntos clave —como Puerto Villarroel, el Mamoré, el Beni o el Ichilo— y se compara con datos históricos, es posible calcular el volumen de agua que se desplaza y prever si superará la capacidad de evacuación natural del sistema.
Según Echevarría, el río Mamoré tiene una capacidad aproximada de evacuación de 8.000 metros cúbicos por segundo. Cuando se supera ese umbral, el agua rebalsa hacia los campos. “La pregunta no es si va a rebalsar, porque casi siempre lo hace; la pregunta es cuánto”, resume.
De la observación empírica a la alerta temprana
Hasta ahora, muchos productores toman decisiones basados en la experiencia: observan el comportamiento del río y reaccionan cuando ya es tarde. El nuevo enfoque busca pasar de la intuición a la ciencia aplicada. “Si guardamos datos todos los años, luego podemos construir modelos matemáticos que relacionen lluvia, niveles de río y volumen de agua”, señala el ingeniero.
En términos técnicos, se trata de aplicar fórmulas de regresión y series históricas para generar predicciones. En lenguaje productivo: saber con días o semanas de anticipación si será necesario mover ganado, reforzar diques o cambiar zonas de pastoreo.
Un ejemplo concreto ocurrió en 2014. Echevarría recuerda que dos semanas antes del pico máximo, los registros mostraban niveles altos constantes en Puerto Villarroel durante casi un mes. Eso indicaba que un enorme volumen de agua estaba en camino hacia el Beni. El resultado fue una de las peores inundaciones registradas en el departamento.
Hoy, la propuesta es formalizar ese tipo de análisis y convertirlo en un sistema de alerta temprana para el sector productivo. Para ello, se busca que ganaderos y agricultores colaboren enviando datos desde diferentes puntos estratégicos. “Si los productores nos ayudan a medir, esa información sirve para este año, para el próximo y para los siguientes”, subraya.
“Registrar el nivel de los ríos del Beni permitirá crear alertas tempranas que ayuden a productores agrícolas y ganaderos a tomar decisiones a tiempo frente a las crecidas”

Impacto directo en la ganadería y la agricultura
El Beni concentra cerca del 30% del hato bovino nacional, con sistemas extensivos altamente vulnerables a las inundaciones. Cuando el agua cubre los pastizales, el ganado pierde acceso al forraje, se incrementan las enfermedades y se dispara la mortandad.
Además, la logística se vuelve crítica: sacar animales en medio de caminos anegados encarece y complica la operación.
En agricultura ocurre algo similar. El arroz, el maíz y otros cultivos de ciclo corto pueden perderse completamente si la inundación ocurre en etapas sensibles del desarrollo. Contar con información anticipada permitiría ajustar fechas de siembra, elegir zonas más altas o incluso reorientar áreas productivas.
El proyecto también puede ayudar a planificar inversiones. “Con datos se puede definir dónde construir defensivos, dónde hacer reservorios y dónde no es viable producir”, explica Echevarría.
Las inundaciones que dejaron huella
Las crecidas históricas del Beni han dejado consecuencias profundas. En 2014, más de 400.000 cabezas de ganado se vieron afectadas directa o indirectamente, con miles de animales muertos y pérdidas superiores a los 500 millones de dólares, según reportes de la época. Comunidades enteras quedaron aisladas y extensas áreas productivas inutilizadas por meses.
En 2021 y 2023 se repitieron escenarios similares: caminos cortados, estancias bajo agua y productores obligados a improvisar refugios elevados para el ganado. En muchos casos, la falta de información oportuna impidió actuar con anticipación.
Estos antecedentes refuerzan la necesidad de pasar de la reacción a la prevención. Un sistema de medición constante no evitará la lluvia ni la crecida, pero sí puede reducir el impacto económico y social.
Un proyecto técnico con impacto productivo
La iniciativa de la Sociedad de Ingenieros del Beni no se limita al ámbito académico. Su objetivo es práctico: convertir los datos hidrológicos en una herramienta de gestión agropecuaria. “Ahora hacemos comparaciones simples; más adelante podremos hacer cálculos más precisos”, afirma Echevarría.
La propuesta se alinea con tendencias internacionales donde la hidrología aplicada al agro permite tomar decisiones basadas en información real, no en suposiciones. En países como Brasil y Argentina, los sistemas de monitoreo fluvial ya forman parte de la gestión de riesgos productivos.
En el Beni, donde el agua define el éxito o el fracaso de cada campaña, medir los ríos puede ser tan importante como sembrar o vacunar. Transformar la crecida en un dato y el dato en una decisión puede marcar la diferencia entre perderlo todo o salvar la producción.
Porque en un departamento donde el río manda, conocer su comportamiento es la primera forma de defensa del productor.

Redacción: Publiagro














